Mi primer viaje a Asia fue en 2012. India y Nepal me llamaban desde las páginas de mis libros favoritos, desde los mantras que cantaba cada mañana en mis clases de yoga. Ahorros, sueños, un año de planificación. Y un grupo de viaje guiado por una profesora. Era el comienzo de algo que no sabía que cambiaría tanto.
Al llegar, no sentí extrañeza. Sentí fusión. Como si algo de mí ya viviera ahí: en las miradas profundas, las sonrisas abiertas, el olor a té en el aire. India me recibió con un contraste brutal: perros enfermos, calles caóticas, belleza sublime. Vi a una mujer caminar en Rajasthan y su rostro cubierto por un saree colorido, tan ligera y suave que parecía flotar. Esa imagen aún la llevo conmigo.

Visité a un astrólogo que me habló del pasado y del futuro. Y comprendí algo que cambiaría mi forma de ver la vida: el poder de la intención, la fuerza de lo invisible. Me di cuenta de que en ese primer viaje conocí, pero no viví. No del todo. Faltaba profundidad. Faltaba conexión.
Volví dos años después. Sola. Meses con mochila al hombro, recorriendo sin más brújula que las ganas de descubrir. Otra vez India y Nepal, pero también Sri Lanka, Tailandia y Bali. Un viaje más maduro, más libre, más mío.
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En cada país encontré una versión diferente de mí:
India me invitaba al silencio, a la introspección. Siempre sentí una reserva, algo sagrado que me rodeaba.
Nepal me encendía la chispa de la aventura.
Sri Lanka me regaló madurez, equilibrio.
Tailandia fue un soplo de ligereza.
Y Bali… Bali lo tiene todo. No es un país, pero en mi corazón lo es. Ahí me sentí desnuda, revelada. Pura.
Con el tiempo, empecé a compartir caminos con mi compañero favorito de rutas. Con Martín, viajamos en moto entre arrozales en Filipinas, dormimos en una estación de tren en el sur de India, nos subimos a buses locales en las Islas Andamán, y caminamos durante semanas hasta llegar a la base de la montaña más alta del mundo. Cada viaje era también una forma de construirnos.
Hay anécdotas pequeñas que me siguen haciendo sonreír. Como esa vez que mi mochila pesaba tanto que no podía levantarme. Tenía que sentarme, ponérmela, y hacer toda una estrategia para ponerme de pie y seguir. Era ridículo, incómodo… y completamente perfecto.
Y sí, de todo eso nació DestinOriente. No fue una idea en una oficina. Fue un deseo que me reorganizó por dentro. Asia me dio el empujón. Me atravesó, me cambió, me mostró que el viaje puede ser mucho más que un recorrido. Puede ser una transformación.
Me gusta viajar sin rigidez. Llegar con una idea, pero dejar que el camino hable. Me gusta perderme y volver a encontrarme. Asia me enseñó que no se necesitan grandes planes para ser feliz. A veces, lo mejor nace de la nada.
Asia es caos, comida picante, desorden encantador. Son calles infinitas para caminar, invitaciones inesperadas, mil fotos por segundo. Es vivir mi propia película de aventuras.
Y si me preguntan cómo lo resumiría, diría:
Con ganas, se puede llegar a lo mejor de ti.










